Comenzado el invierno, ya hemos sorteado muchos de los miedos que al comienzo de la pandemia nos amenazaban. Nos queda por delante atravesar los nuevos miedos, los de la incertidumbre del día después, cuando todo haya terminado.

Pero a pesar de todo lo incierto, algo ya es seguro y evidente para todos: “No hay nada seguro”.

En algún momento, hasta pudimos habernos ilusionado, ya que la información era optimista, y los casos de personas con covid 19 tendía a disminuir a un solo dígito, pero rápidamente, cuando empezaron a surgir nuevos brotes, nos dimos cuenta de lo frágil que resulta mantener esa tendencia.

En definitiva, la vida nos sigue enseñando varias cosas.
Por un lado, que todos somos una Unidad, donde cada uno es una parte importante de una red a la cual afecta, y a su vez es afectado por la misma. De este hecho, deviene el sentido de responsabilidad que todos debemos desarrollar, porque simplemente vivimos siendo parte de una comunidad.

Por otro lado, nos enseña a no programar. Esa práctica tan común que solíamos hacer, ya no funciona, en realidad hace ya mucho tiempo que dejó de funcionar, y esta pandemia es como un sacudón para quien estaba distraído y no lo veía.
La vida nos muestra que debemos vivir día a día.

Hoy, vivimos hoy, y de lo de mañana nos ocuparemos mañana.

Me consta lo difícil que esto resulta para quienes ahora mismo se ven atrapados en una crisis, y no encuentran la salida.
Nos ayuda saber, que estamos construidos de todo el ADN de nuestros ancestros, y que llevamos en nuestros cuerpos la información de sus vidas.

Portamos en nosotros, toda la historia de ellos, cargamos con cientos de miles de años de información, está en nuestras células.
Por lo tanto, muchos de los miedos que surgen ahora, no están conectados a este momento, son miedos que llevamos latentes, y estamos viviendo tiempos propicios para que despierten.

Muchos de estos miedos del presente, están en la conciencia colectiva del sistema familiar.

Debemos saber que nuestros ancestros ya pasaron por momentos extremos, generación tras generación han estado en crisis. y esa información está en cada uno de nosotros.

Ellos ya pasaron por guerras, pestes, hambrunas, migraciones, y todo eso lo han superado. Nosotros somos la prueba viviente de ello.

De alguna forma, somos la resiliencia en vida de nuestros ancestros, contamos con la herencia de toda la información, incluso la que necesitamos para reaccionar ante la adversidad, es importante saber esto.

O sea que nada de esto es nuevo, sólo es hora de recordarlo, incluso evocarlo, porque es la llave que nos permite elegir entre darle lugar a los miedos y despertarlos, o darle lugar a despertar nuestros recursos humanos más nobles, para volvernos empáticos, solidarios, colaborativos y resilientes.

En este momento que tanto necesitamos tomar decisiones acertadas, es fundamental encontrar un equilibrio entre el corazón y la razón, y sólo podremos hacerlo si nos dejamos guiar por el amor.

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